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miércoles, 9 de septiembre de 2009

Fiesta de los Estigmas de San Francisco

"Llevo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús”.
Esta expresión del Apóstol nos introduce en el misterio que ha marcado de modo particular la experiencia de Francisco: un acontecimiento-misterio que se ha cumplido en este monte de La Verna y que nosotros con alegría, con conmoción y devoción, recordamos y celebramos.

El Misterio celebrado no es nuevo. Es el mismo misterio de Cristo que por amor se ha dado a sí mismo por nosotros en su pasión, muerte y resurrección. Es nuevo el acercamiento, el evento, que nos introduce en este misterio de amor sufrido y sin medida: los Estigmas de San Francisco. La experiencia inefable y única de la Impresión de las Llagas, acontecida dos años antes de la muerte, representa para Francisco el culmen de su camino espiritual y evangélico, un camino que lo ha llevado a asimilarse perfectamente con Cristo. Lo refiere Clara cuando dice: nuestro bienaventurado padre Francisco, verdadero amante e imitador de Cristo (TestCl 5).
En este sentido, “el sello de Cristo” impreso en su cuerpo es continuidad y consecuencia de lo experimentado por Francisco. En efecto, él con los signos de la Pasión, penetra aún más profundamente los misterios del “Amor no amado”, experimenta de él la misericordia, la bondad, la dulzura, nos narra los rasgos más íntimos con el que el Señor se ha dado a conocer personalmente: “Tú eres la belleza, tú eres la mansedumbre, tú eres la seguridad,…” (AlD 4). Así se expresa en las Alabanzas al Dios Altísimo, que él mismo compuso aquí en La Verna.
Los Estigmas en Francisco son por tanto continuidad de su proceso espiritual, de verdadero amante e imitador de Cristo, pero son también una original novedad en su ascesis. Los Estigmas nos ponen en estrecho contacto con su cuerpo. Efectivamente, los signo de la Pasión se imprimen en la carne viva de Francisco y el sello del Dios viviente marca aquel cuerpo ya atormentado causándole sufrimiento, un sufrimiento que es amor: ¡un amor sufriente, un amor valioso!
Francisco, después de haberse dejado trabajar interiormente del Artífice de toda perfección, aquí en La Verna desea probar aquello que Cristo ha probado mientras por amor daba su vida por la humanidad (cf. Consideración sobre las Llagas, 3). ¡No pide una narración, no pide explicaciones, no pide ni siquiera comprender, sino gustar! Francisco quiere experimentar. Y la respuesta que recibe del Señor es una experiencia única. Francisco prueba, siente, vive aquello que Cristo había probado. No le basta el ánimo y las emociones, no le basta el corazón y el sentimiento, no le basta tampoco la mente y el intelecto, se requiere también el cuerpo! Todo de Francisco, espíritu y carne, alma y cuerpo, también su físico viene envuelto por el misterio inefable del amor de Cristo, el amor experimentado en su Pasión y Muerte de cruz.
Ante el leproso Francisco había conocido a Cristo a partir de su capacidad de ver, de una mirada renovada: aquello que antes a simple vista le daba repugnancia se le convierte en dulzura del alma y del cuerpo.
En san Damián Francisco conoce personalmente a Cristo escuchando, en el oír las palabras del Crucificado que le habla.
En La Verna Francisco pide conocer a Cristo de un modo nuevo, no viéndolo, tocando, escuchando,…; sino experimentando: “que yo experimente en mi corazón, en la medida posible, aquel amor sin medida en que tú, Hijo de Dios, ardías cuando te ofreciste a sufrir tantos padecimientos por nosotros pecadores” (Consideración sobre las Llagas, 3).
Los Estigmas son por tanto el conocimiento íntimo y profundo que asimila a Cristo para conocer de forma extraordinaria, insuperable: experimentando, probando lo que Cristo ha experimentado. Para conocer de esta forma no se requiere sólo la mente, el corazón, el alma…, se pide toda la persona: también el cuerpo.
Mucho, tantísimo conocemos de Francisco a través de sus escritos, sus biografía y una cantidad sin medida de producción literaria y artística. Pero lo que conocemos de Francisco a través de la experiencia singular de los Estigmas, ningún escrito o artista o poeta lo podrá transmitir. Solamente un acercamiento a la íntima relación de Francisco con su Señor (relación aún custodiada en este lugar santo), nos consiente balbucir algo. Francisco mismo aquí, a propósito de la impresión de las sagradas Llagas, nos testimonia la insuficiencia de las palabras y de la comunicación verbal; efectivamente al Señor confía el deseo de un compartir aún más profundo.
“Fuerte como la muerte es el amor” (Ct 8,5). En el misterio de los Estigmas, Cristo transmite la fuerza irresistible de su amor, a través de los signos de la muerte. Estas heridas, signos de la muerte, por la potente fuerza del amor llegan a ser signos invencibles de vida. Y Francisco tiene el privilegio de tomar parte en un misterio tan grande y sublime. Vemos entonces que en Francisco, el infinitamente pequeño, se realiza el deseo de Dios Padre que “ha revelado las cosas grandes a los pequeños y se las ha hecho conocer a los simples”.
En el Evangelio que hoy hemos proclamado, Jesús exhorta: “quien quiera venir detrás de mi, tome su cruz y me siga” (Lc 9, 23). Mirando a Francisco, nosotros hoy vemos claramente la cruz acogida por Francisco para seguir a Jesús. En aquella cruz, esculpida en la carne de Francisco, nosotros contemplamos el cumplimiento y la perfección del seguimiento: ¡seguir a Cristo es ciertamente un recorrido hacia el amor, pero es siempre y sobre todo un camino a realizar por amor!
De estos rasgos de la Palabra de Dios comprendemos bien que el acontecimiento custodiado en este lugar no nos deja como espectadores extraños, sino que no afecta y tiene que ver con nosotros. Nos atañe como discípulos de Cristo. Nos afecta con la gracia de un misterio de amor que no se agota. Francisco aún hoy se hace trasmisor de esta gracia para conquistarnos al bien, para conducirnos a Cristo, para hacernos enamorar.
Por estas razones, la fiesta de hoy llena nuestro ánimo de conmoción y alegría; pero también nos hace sentir la necesidad que todos tenemos de Francisco. Sí, hermano Francisco, te necesitamos todavía. ¡El mundo te necesita!
Tenemos necesidad de ti, de ti que nos enseñas que no existe sabiduría, que no pueda ser para nosotros conocimiento de Dios y de las cosas de Dios, y sin que ésta sea una relación personal con Cristo.
Tenemos necesidad de ti que has creído en el amor para vencer los signos de muerte presente en el mundo: tanto en tu tiempo como en los nuestros.
Tenemos necesidad de ti para volver a descubrir la dignidad y la grandeza de nuestro cuerpo, cuerpo imagen de Dios, cuerpo asumido por Cristo, cuerpo crucificado para dar vida, vida eterna.
Tenemos necesidad de ti, discípulo fiel, tú “el primero después del único”, para confirmar cada día nuestro sí para seguir a Jesús, pobre y humilde, y para seguirlo por amor.
Tenemos necesidad de ti, hermano Francisco, Estigmatizado en La Verna, para llevar entre los hombres de hoy signos creíbles del Amor crucificado, del Amor no amado, de Amor que a todos se nos da, del amor que convierte, que regenera, que transforma.
Tenemos necesidad de ti, para volver a llevar a toda criatura el sentido de la existencia y volver a encontrar la vocación de ser alabanza al Creador. Tenemos necesidad de ti, hermano Francisco, “como icono de Jesús crucificado”, porque – como tú- tenemos necesidad de amor, necesitamos a Cristo.

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